CAPÍTULO IV: El camino correcto

*Música durante la lectura (para sentir mejor el ambiente de este capítulo os recomiendo esta canción de fondo)

— ¡Mira! ¡Se parece a la chica de la que me estuviste hablando! — dijo el copiloto del Aston Martin, riéndose y señalando a una joven que miraba fijamente al conductor del elegante deportivo. — ¡Arranca! — continuó, llamando la atención a su amigo, que parecía haberse quedado paralizado, sin percatarse de la luz verde y los bocinazos de los impacientes coches que esperaban para seguir su ruta.

Sommer soltó el freno y aceleró el DBS Superleggera, haciendo rugir un potente motor V12, y desapareció de la vista de la rubia, que se quedó parada en la acera, entre el cúmulo de gente que esperaba para cruzar la calle. Ella nunca había creído en las casualidades, pensaba que todo pasa por una razón, un porqué para el cual ahora no tenía la respuesta. 

“Ella nunca había creído en las casualidades, pensaba que todo pasa por una razón, un porqué para el cual ahora no tenía la respuesta.

Sus ojos se volvieron a encontrar, algo que hace tan solo unos minutos parecía inimaginable. No hay nada imposible para el universo, si ha tramado algo, ninguna circunstancia será capaz de impedir sus planes.

No hay nada imposible para el universo, si ha tramado algo, ninguna circunstancia será capaz de impedir sus planes.

— ¿¡Qué haces!? ¡Es todo recto! — exclamó confuso el moreno, viendo que el nórdico giraba hacia la izquierda, desviándose así del camino que les llevaba al aeropuerto. 

El destino del joven que estaba al mando del volante del coupé había cambiado. Entendía que podía perder su vuelo, pero la otra pérdida era mucho mayor. Sin contestar a su amigo, el cual, conociéndolo, ya había asumido una nueva aventura, se dirigió al mismo cruce, dando la vuelta a la manzana. Los semáforos parecían estar en su contra, convirtiendo su recorrido en un trayecto con obstáculos de paciencia y una prueba de confianza de que su trofeo seguiría estando en la meta.

“Entendía que podía perder su vuelo, pero la otra pérdida era mucho mayor.

Guardando en su bolso los auriculares y el teléfono con la batería al límite, la rubia estaba terminando de cruzar la última calle para desaparecer tras las fachadas de su vecindario, cuando una notificación la interrumpió. La amiga que acababa de ver le había escrito, pero no tuvo tiempo para percatarse de lo que decía el mensaje, el móvil cambió la foto paradisíaca del fondo de pantalla por un rectángulo negro. Metiéndolo en el bolso, la chica aceleró el paso hasta su casa, mientras el Aston Martin se detenía en el mismo semáforo donde parecía que esta historia volvía a tener continuación. 

Buscando con los ojos la razón de aquel esporádico desvío de ruta, el nórdico, acostumbrado a conseguir todo lo que se proponga, se negaba a aceptar que su objetivo ya estaba fuera de su alcance.

— ¡Me encanta que tengas el temperamento español de tu madre, a pesar de tener esa cara de guiri de tu padre! — el copiloto parecía disfrutar lo que acababa de pasar.

El artífice de todo aquello lo miró y se rio, aunque por dentro un sentimiento totalmente contrario recorría su cuerpo y trastocaba su corazón; con la costumbre de mostrarse frívolo e indiferente arraigada a su piel, no podía explicar ni a él, ni a sí mismo qué es lo que le estaba pasando.

“…con la costumbre de mostrarse frívolo e indiferente arraigada a su piel, no podía explicar ni a él, ni a sí mismo qué es lo que le estaba pasando.

El motor con una potencia capaz de alcanzar 725 CV volvió a rugir llamando la atención de los peatones, y retumbando como un deja vu en la cabeza de la joven, que ya había perdido de la vista aquel cruce. El deportivo de sinuosas líneas regresó a su camino inicial, algo que suele ocurrir cuando las nuevas rutas no te llevan a tu objetivo: cambias de ruta o de objetivo — no hay más salida.

Parecía mentira que apenas han pasado 12 horas desde que ella lo vio por primera vez. Cómo era posible que un minuto de intercambio de miradas podía despertar en su cuerpo más sensaciones que todo un año de diversas experiencias amorosas. Acostumbrada a buscar la lógica en todo, no encontraba una explicación sobre lo que le estaba pasando. “¡Ni siquiera he intercambiado una palabra con ese chico! ¿Cómo es posible?” — pensaba ella, pero lo que no sabía es que las cosas más profundas carecen de lógica.

“…pero lo que ella no sabía es que las cosas más profundas carecen de lógica.”

Las llantas de 21 pulgadas dejaron de girar y el dos puertas se detuvo enfrente de la puerta de salidas del Aeropuerto de Madrid. Los jóvenes salieron del coche de glamouroso y salvaje diseño, y se dieron un fuerte abrazo.

— Cuídamelo, — dijo el nórdico, esta vez sí, entregando la llave con el emblema de Aston Martin a su fiel amigo.

— No te preocupes, lo mimaré como a un hijo, — contestó el moreno volviendo a sentarse en un elegante salón de cuero, pero ahora en el asiento del conductor, y tras poner la música en una gran pantalla flotante, arrancó el DBS.

El vino lo cura todo,” — pensó la joven, echándose una copa de un rosado francés de Côtes de Provence, y se sentó en el sofá a la espera de que se encendiese su móvil al que tanto le costaba recobrar vida. Esperar no era su punto fuerte, pero los años la hicieron más paciente. Por fin reapareció la foto paradisíaca en la pantalla del móvil que marcaba las 12:02 y unas cuantas notificaciones, pero el mensaje que más deseaba en aquel momento no le podía llegar. Abrió el WhatsApp y vio una foto con el mensaje de su amiga: “Ava, mil gracias de nuevo por el bolso 😍 sabes que me encanta!!!! Encontré esta nota en el bolsillo pequeño… pensé que igual es importante para ti 😚😚😚”

“El vino lo cura todo.”

Ahí estaba, lo que ella más deseaba en ese momento: el teléfono del nórdico que daba por perdido. El universo siempre te va a enviar lo que deseas, pero no siempre de la manera que te lo esperas.

El universo siempre te va a enviar lo que deseas, pero no siempre de la manera que te lo esperas.

Tomo otro trago al vino y pulsó “ok” guardando en su teléfono el número con un prefijo inglés. 

¿Y ahora qué hago?” — pensó la chica — “¿Le escribo, espero…?” — se apoyó en el respaldo del sofá, dando vueltas en su cabeza con la indecisión y nervios de una adolescente que está a punto de hacer un importante examen, que decidirá su futuro estudiantil. “Okay, Ava, no tienes nada que perder, pero ahora solo estás perdiendo el tiempo”, — y soltando el aire dio al botón de la “llamada”.

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