CAPITULO VIII: Encontrar el hogar

Ilustración © A del Art x TK

*Música durante la lectura (para sentir mejor el ambiente de este capítulo os recomiendo esta canción de fondo)

Abrió los ojos. Una extraña sensación de incertidumbre y desconocimiento le hacía pensar que todavía estaba durmiendo y que todo esto era un sueño. Necesitó un par de segundos para reaccionar y entender que aquello era real. Estaba despierta y no sabía dónde. La joven rubia se levantó sobresaltada en una amplia cama de dos metros. 

Sola y descalza, en medio de un somier que parecía un barco, dio un rápido recorrido con los ojos por una luminosa habitación de diseño minimalista. La mirada que pasó por un enorme espejo en el que vio un despeinado reflejo que seguía con su vestido de Jacquemus, se detuvo en la mesilla donde estaba el bolso de la confusa bella durmiente. Se aproximó a él y revisando su contenido, se percató de que todo estaba intacto, menos la batería del teléfono, que como le era de costumbre, decidió esfumarse. 

Sentía como si la cabeza le pesara cien kilos. Le venían turbios recuerdos de una entretenida velada ente risas en la que no ubicaba el final. Se levantó y cogió sus cosas para iniciar el camino hacia un lugar donde podía sentirse a salvo: su casa. Atravesando el dormitorio en tonalidades grises, presidido por aquella enorme cama e iluminado por la luz natural que entraba por los ventanales, intentaba recordar el momento exacto en el que terminó aquí. No importa que tan bonito sea un lugar, si no lo sientes tuyo, su encanto es imperceptible. 

“No importa que tan bonito sea un lugar, si no lo sientes tuyo, su encanto es imperceptible.” 

* *

El reloj marcaba algo más de las 9 AM. La joven enfermera a la que tocaba hacer guardia aquella noche en ese hospital de Londres, estaba sentada en una silla al lado de la cama de su paciente. Hechizada por su rostro, acariciaba su cabello como una madre cuando quiere que su niño duerma bien. 

— ¡Regina! — una vez más sus fantasías se vieron interrumpidas por su responsable. 

La chica se puso de pie rápidamente al escuchar esa voz de comandante, y siguiendo sus órdenes, empezó a acomodar todo como se lo habíaan mandado. Parece ser, que han podido localizar al padre del atractivo joven inconsciente del que cuidó aquella noche, una persona bastante respetable que ya estaba de camino para encontrarse con su hijo.

* *

A hurtadillas y con las sandalias en mano, la joven que se ubicaba en esa desconocida casa de Madrid, abrió la puerta corredera que daba al salón. Sin tener una clara idea de lo que estaba haciendo, ya que si su acompañante se quisiera haber aprovechado de ella, lo hubiera hacho; aún así había planeado un plan de escape que carecía de necesidad

Apareció en una diáfana habitación que seguía el mismo estilo del dormitorio: tonalidades claras y un moderno diseño minimalista en un entorno amplio y luminoso. La casa parecía estar vacía. El silencio que reinaba dentro de ella confirmaba esas sospechas. La joven se dispuso a buscar la salida con la esperanza de regresar a su hogar lo antes posible. Al final nuestra casa es un lugar donde siempre queremos volver.

“Al final nuestra casa es un lugar donde siempre queremos volver.”

Tras un largo paseo por pasillos decorados con originales cuadros vanguardistas, el descubrimiento de otras cuatro habitaciones y algún que otro aseo, por fin ubicó la puerta: una puerta que no podía abrir. Esos modernos sistemas de códigos y llaves digitales, le hacían imposible concluir la “operación salida”, todo señalaba a que la chica se había quedado encerrada en ese moderno castillo.

Regresó al salón y se sentó en un gran sofá gris-perla diseñado por Jean-Marie Massaud.“Okay, Ava, piensa.” — La inquietud y el temor que sentía recién despierta, se sustituyeron por el relax y cierto pasotismo, quizás, influenciado por la comodidad de ese enorme mueble, rodeado por numerosas piezas decor que destacaban por su diseño único. Cuando uno se relaja y suelta todos los problemas que se ha creado en su cabeza, empieza a notar que incluso las cosas más sencillas le dan felicidad.

“Cuando uno se relaja y suelta todos los problemas que se ha creado en su cabeza, empieza a notar que incluso las cosas más sencillas le dan felicidad.”

Se tumbó en aquel sofá, bautizado como “Bristol”, tirando las sandalias en una artesanal alfombra de cuadros, y tomando en mano un catálogo, que estaba en la mesa del salón, con “Naharro” escrito en su portada, se dispuso a matar el tiempo hasta un nuevo aviso. 

Con cada página de esa revista de Naharro, Ava admiraba las creaciones que ofrecía el showroom y la galería madrileña; piezas de pintura, esculturas, muebles y accesorios de hogar creados por auténticos artistas, capaces de convertir cualquier casa en todo un museo gracias a sus obras maestras. Creaciones de Philippe Starck, Marcel Wanders o Achille Castiglioni, entre decenas de diseñadores de todo el mundo, despertaban en su interior el deseo de tener ese rincón puramente suyo para crear de él algo excepcional y datarlo de alma, un lugar donde crezca la felicidad y nuevas vidas. Al final el hogar no es donde has nacido, ni siquiera es tu domicilio; el hogar está donde tu corazón siente paz.

“Al final el hogar no es donde has nacido, ni siquiera es tu domicilio; el hogar está donde tu corazón siente paz.”

Ella amaba Madrid, pero como pasa con todo lo que amas; cuando deja de cumplir tus expectativas, ese sentimiento va mutándose hacia la desilusión, y aquel amor se va apagando. Pocos entienden que el único responsable de que esas expectativas se cumplan eres tú mismo; no importa si cambias de ubicación, de ambiente o de apariencia, hasta que no cambies lo que tienes en tu cabeza seguirás en el mismo sitio llamando decepción, del que culparás a tu entorno. 

“…pero como pasa con todo lo que amas; cuando deja de cumplir tus expectativas, ese sentimiento va mutándose hacia la desilusión, y aquel amor se va apagando. Pocos entienden que el único responsable de que esas expectativas se cumplan eres tú mismo…”

Dejó la revista en una original mesita ubicada frente al sofá y, mirando al techo, volvió a intentar recordar como terminó en esta casa. Desde luego, beber champagne con el estómago vacío, no fue la mejor decisión, sumando los nervios tras el repentino cambio de cita, que seguramente aumentaron el efecto del alcohol en sus venas. 

En su mente seguía presente la mirada del nórdico y ese confuso sentimiento entre desilusión e interés magnético. Un sentimiento que se contrastaba con la sonrisa, que aparecía en su rostro al recodar las conversaciones que tuvo con el amigo de ese desconocido.  

Ya tranquila e incluso confiada, se levantó y se dirigió a la cocina, que descubrió en su excursión por la casa. Sin saber cuánto tiempo tardaría en llegar su dueño, necesitaba calmar su estómago ya revolucionado. — “Vale, el mirar por los armarios no está bien, pero encerrar a una joven indefensa y matarla de hambre está peor,” —  pensaba ella, calmándose a sí misma y su conciencia.

La gran y moderna cocina de color oscuro, que se localizaba a tan solo un par de metros de la entrada, le recordaba a esas que salían en los anuncios de la televisión y catálogos: muebles relucientes y electrodomésticos de última generación y cero comida. —“Definitivamente esto es puramente decorativo. La tiene porque venía con la casa” — pensó ella sobre el lugar donde supuestamente debería elaborarse el arte culinario. — “Un par de botellas de agua en la nevera y café, igualito que en un hotel. Desde luego, o nadie vive aquí o el que habita entre estos lujos es un auténtico robot que no come…” — concluyó en el momento que escuchó cómo alguien entraba por la puerta.

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