CAPÍTULO XI: El sonido de un corazón. Un capítulo especial

Imagen: Naim

*Música durante la lectura (para sentir mejor el ambiente de este capítulo os recomiendo esta canción de fondo)

* * *

 De nuevo sola en la cama 
 Y sin deseos de dormir,
 “¿Por qué te creas ese drama?”
 Te dices tú al sonreír.
 No es sonrisa de alegría,
 Oculta horas de dolor,
 Por la mañana, aquel día
 Tú ya soñabas con amor.
 Qué llega siempre de repente
 Sin advertir, ni avisar.
 De ese que tienes en mente,
 De ese que hace soñar.
 
 Y aparece una tarde, incluso deja elegir:
 Entre mirada que deseas o par de hoyuelos al reír.
 De un vacío y la nada, te llega todo a la vez;
 Un sentimiento que dormía y despertó sin sensatez.
 Pensando quién es tu anhelo y no saber quién escoger,
 La vida cumple su deseo, el tuyo no es su parecer.
 Y sin saber qué ha pasado, te dejan sin explicación,
 Y vuelves a la misma vida, a esa vida sin razón.
 No sabes nada de ninguno, pues nadie dijo la verdad,
 Y culpas, sin saber las cosas a esos hombres de maldad.
 Que han jugado como siempre…, pasar el rato, poco más,
 Ahora les es indiferente cómo te sientes, dónde estás.
 Y vuelve todo a lo mismo, 
 Con una nota de abismo: 
 Tu corazón está latiendo
 Y a pesar de estar sufriendo,
 Ha despertado de yacer
 ¿Ahora qué quieres hacer?
 ¿Quieres llorar? ¿Tenerte pena?
 Decir “¿Por qué está condena?”
 ¿Agradecer la experiencia?
 Dejarlo ir y con paciencia
 ¿Volver a confiar en Dios?
 Quizás no es ese adiós, 
 Ese adiós definitivo,
 Quizás ahora hay motivo
 Quizás habrá continuación y 
 En esta pausa hay razón.
 

Ambas agujas de un moderno reloj de pared en tonos plateados se detuvieron en el número “12”, avisando a la inquilina de aquella casa madrileña que ese día acababa de terminar. La silueta femenina en cuya mirada se adivinaba desilusión, observaba como la manecilla de los segundos recorre su camino una y otra vez. Tumbada en una enorme cama, entre sábanas de satén, la muchacha pensaba en esa auténtica montaña rusa de emociones que había vivido en apenas 48 horas.

Se escuchaba cómo una profunda melodía de piano se emitía de un cubo minimalista, estéticamente perfecto. El altavoz inalámbrico NAIM Mu-so Qb, que encajaba a la perfección en aquella habitación de diseño, integrándose en sus líneas pulcras y simples. La música desde NAIM sonaba de una manera tan clara y limpia que parecía que el mismísimo Dirk Maassen viniera a tocar a su cuarto. Las composiciones de Dirk Maassen le hacían sentir paz y a la vez incrementaban los latidos de su corazón. Es curioso cómo nos afecta la música, siendo capaz de potenciar o de cambiar nuestras emociones en cuestión de segundos. La música es capaz de regresarnos al pasado más maravilloso o doloroso, nos transporta a un futuro donde yacen nuestros mayores sueños y hace volar nuestra imaginación en todas las direcciones posibles. La música es el sonido de la vida, la voz del alma, a la buena música le sobran las palabras.

“La música es capaz de regresarnos al pasado más maravilloso o doloroso, nos transporta a un futuro donde yacen nuestros mayores sueños y hace volar nuestra imaginación en todas las direcciones posibles. La música es el sonido de la vida, la voz del alma, a la buena música le sobran las palabras.”

Hace tiempo que Ava se acostaba soñando en conocer a ese alguien que pudiera despertar en ella la anhelada emoción que le hiciera sonreír sin razón, el sentimiento con el que todos los problemas del mundo le pareciesen diminutos. Había caído en brazos equivocados demasiadas veces, pero aun así volvía a probar porque ese sueño era mayor que el miedo de volver a equivocarse. 

“Había caído en brazos equivocados demasiadas veces, pero aun así volvía a probar porque ese sueño era mayor que miedo de volver a equivocarse.”

Esperó dos años para sentir de nuevo esos nervios de euforia al pensar en un hombre, algo que tardó tanto en llegar parecía no estar destinado a quedarse en su vida por mucho tiempo. Estaba cansada. Cansada de esperar y desilusionarse una y otra vez. Los dos amigos que aparecieron en su vida y se esfumaron de la misma forma tan rápida, le hacía plantearse que era culpa suya, quizás era ella la que tiene algún fallo. Aun sabiendo que el nórdico no conocía nada de ella y teniendo en cuenta el entusiasmo que puso su amigo moreno en conquistarla, se machacaba con pensamientos inapropiados. Así somos las personas, pensamos que siempre somos los protagonistas y nos olvidamos de todos los factores que pueden influir en el comportamiento del otro. Asumiendo que era una experiencia más, Ava apagó los altavoces NAIM Mu-so y con un sentimiento agrio cogió el móvil para poner la alarma, pero éste sonó. Era un número desconocido, llamándola a medianoche un lunes.

“Así somos las personas, pensamos que siempre somos los protagonistas y nos olvidamos de todos los factores que pueden influir en el comportamiento del otro.”

— Ava, soy Alex, perdona por llamarte tan tarde y por haberme ido sin explicarte nada. Te tengo que contar una cosa… — se escuchó al otro lado del teléfono, mientras en la cara de la joven rubia se notaba cierto alivio. No sospechaban todo lo que le estaban a punto de confesar.

* * *

Una joven de pelo largo y liso, vestida con un ceñido vestido negro y una bata quirúrgica por encima caminaba por el pasillo de un hospital londinense. Esa vestimenta tan poco apropiada para el lugar no le cohibía ni un ápice, sus tacones de aguja resonaban en las baldosas de los limpios pasillos y retumbaban en las paredes, pudiéndose escuchar a varios metros. Cruzándose con la mirada de un moreno alto, que estaba al teléfono, y una joven que hablaba con la enfermera, la chica entró en la habitación donde estaba su marido y su exnovio inconsciente.

El caballero se levantó y le dio un beso en la mejilla. Sommer-padre era de esa clase de hombres que a pesar de los años contaba con el porte necesario para seguir conservando su atractivo. De algunos la edad se apiada más que de otros, es ahí cuando entendemos que no es la cantidad de los años, sino el saberlos llevar. Ese señor elegantemente vestido, había pasado horas sentado conversando con su único hijo, diciéndole todo aquello que no se atrevió a decirle mientras él estaba bien, quizás porque tenía asumido que Michael no le iba a escuchar.

“De algunos la edad se apiada más que de otros, es allí cuando entendemos que no es la cantidad de los años, sino el saberlos llevar.” 

— ¿Cómo está? — preguntó la joven, mirando a un rostro que hasta hace poco estaba en su olvido.

— Estable, el médico ha hecho un trabajo excepcional.

— ¿Señor Sommer?  — la joven enfermera que estaba hablando con la hermana del paciente, la misma que lo había cuidado la noche anterior, se asomó por la puerta la habitación. — ¿Tiene un momento?

El hombre asintió con la cabeza y salió de la habitación, dejando a su mujer a solas con su hijo. 

Adina se sentó en la silla donde hasta hace poco estaba el padre del muchacho y lo cogió de la mano, apoyando su cabeza en el pecho donde estaba el corazón que un día le perteneció y que ella no supo cuidar. No decía nada, sabía que no había palabras que sirviesen. Las lágrimas que intentaba aguantar con todas sus fuerzas, eran más fuertes que ella, se deslizaban por su rostro como un río por los valles. Con sus pensamientos en los recuerdos de hace tres años, cuando ellos estaban juntos, sintió como la mano del joven Sommer empezó a dar señales de vida.

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