CAPITULO XVII: El tiempo es la clave

Imagen: Greubel Forsey

*Música durante la lectura (para sentir mejor el ambiente de este capítulo os recomiendo esta canción de fondo)

¿Una llave? ¿Para qué quiere una llave ahora y cómo nos puede ayudar a salir de esta? Guardando el objeto recién encontrado en el bolsillo del pantalón, estaba intentando vincularlo con la situación que me esperaba en el salón. Me senté en el taburete esforzándome para que mi cabeza pensara lo más rápido posible para hallar esa magnífica idea que nos pudiera salvar. Mi único y principal plan se vio fastidiado cuando el hombre asignado a vigilarme, confiscó mi teléfono tras examinar mi bolso antes de cruzar esta puerta.

Me levanté y empecé a revisar todas las baldas y cajones en búsqueda de algo que nos pudiera servir de alguna forma, cuando escuché gritos y disparos en el salón. Desesperada y aterrorizada, sin nada con qué protegerme o defenderme, y sin ninguna manera para ayudar a Alex, me acurruque en el suelo, tapándome los oídos y rezando para que esto terminara lo más rápido posible. En momentos de desesperación todos nos volvemos creyentes.

“En momentos de desesperación todos nos volvemos creyentes.”

Los segundos parecían minutos y los minutos — horas. Observando cómo intentaban forzar la puerta, delante de mis ojos empezaron a pasar los momentos más emblemáticos de mi vida, tal y como lo cuentan. Nunca te planteas vivir algo así en la vida real, esas cosas pasan con héroes ficticios interpretados por actores de Hollywood o con personas que viven en ese mundo criminal, pero no a gente que se preocupa por cosas cotidianas de la vida como qué champú comprar esta semana. Tu mente no termina de creer lo que está sucediendo, piensas que es una pesadilla de la que te despertarás en cualquier momento. Lo único que sientes es miedo. Viendo cómo la puerta del cuarto del baño, mi único “escudo”, se abría, cerré los ojos con la esperanza de que ello haría todo más fácil y menos doloroso.

— Todo limpio, — escuché, abriendo los ojos y observando cómo se me acercaban unos hombres vestidos de policías. — ¿Está bien? — me preguntó uno de ellos agachándose, mientras entraba el equipo médico para comprobar mi estado de salud.

— ¿Qué ha pasado? ¿Dónde está Alex? —  dije yo, intentando levantarme.

— Todo está bien, no se preocupe, por favor, — me contestó uno de los enfermeros, mientras me tomaba la tensión. 

Seguía sentada en el suelo cuando vi un rostro conocido entrando por la puerta y acercándose rápidamente a mí.

— ¡Gracias a Dios, está bien! — Petra, la señora que nos ordenaba la casa, se me acercó, ignorando las advertencias de los policías y me dio un fuerte abrazo. En ese momento por fin sentí que todo de verdad había terminado y rompí a llorar.

— ¿Petra, dónde está Alex? 

No está… Se lo han llevado…

— ¡¿Cómo que se lo han llevado?! ¿Quién se lo ha llevado? ¡¿Alex?! — me levanté, intentando localizar a mi prometido, pero el policía parado en la puerta me detuvo. — ¡Quiero pasar! ¿Dónde está, Alex?— seguía llorando y llamándolo con la esperanza de que él me respondiera.

— Tranquilícese, por favor, — el hombre que obstaculizaba mi paso rápidamente me cogió y me sentó en el taburete, pero aun así me dio tiempo a ver un cuerpo tirado en un charco de sangre en medio del pasillo.

— Quiero saber qué pasa…, — dije desesperada.

 — Recibimos una llamada avisándonos de lo que estaba sucediendo, — me contestó el policía, mirando a Petra. — Los asaltantes se negaron a entregarse y en su resultado una persona ha fallecido en el tiroteo, tres han resultado heridas, dos de ellas policías, y dos hombres de la banda han podido huir llevándose de rehén al señor Suárez. No se preocupe, daremos con ellos, pero si usted se siente en condiciones, nos gustaría que fuera con nosotros para poder coger declaraciones.

— Sí, sí, por supuesto, — me levanté con una la clara idea de que cada minuto podía ser decisivo para la vida de Alex, a pesar de tener la mente turbia, como si estuviera bajo los efectos del alcohol.

— Sígame, por favor, — el hombre uniformado me guiaba por mi propia casa como por un campo de minas donde cualquier paso podía ser letal, mientas yo observaba al equipo de investigación buscando pistas y pruebas.

Todos participamos en el juego donde manda el tiempo, si consigues que se convierta en tu cómplice, tienes todas las de ganar, pero nunca te olvides de que esa ventaja solo durará lo que a él le parezca oportuno, pues uno puede ganar tiempo, pero nunca puede ganar al tiempo. Entré a la comisaría conociendo esa regla. 

“Todos participamos en el juego donde manda el tiempo, si consigues que se convierta en tu cómplice, tienes todas las de ganar, pero nunca te olvides de que esa ventaja solo durará lo que a él le parezca oportuno, pues uno puede ganar tiempo, pero nunca puede ganar al tiempo.”

— Buenas noches. Soy el inspector Aguirre, estoy llevando este caso. Siéntese, por favor, — dijo un hombre de mediana edad con un café en mano, apartándome la silla. — Cuénteme, hace cuánto y de qué conoce al Señor Suárez, — continúo.

Empecé a contestar las numerosas preguntas para muchas de las cuales no tenía la respuesta, dándome cuenta de que apenas conocía a Alex más allá de lo que vivimos estos últimos meses.

— ¿Le suena este reloj? — el inspector me acercó un reloj de pulsera con correa de cuero negro. — Es el “Tourbillon 24 Secondes” de Greubel Forsey. Un lujoso modelo suizo no muy común. Lo encontramos en el sofá de su casa, y todavía no tenemos claro si pertenece al señor Suárez o alguno de los secuestradores.

Lo miré sorprendida, cogí el reloj y empecé a analizarlo. Era un elegante y clásico diseño de caja delgada en oro rosa y esfera negra, donde se podía observar el mecanismo protegido por el cristal de zafiro en la parte inferior y trasera.“Tourbillon 24 Secondes” era la perfecta muestra de ese detallado y minucioso trabajo de los relojeros suizos que rendía homenaje a la artesanía y la delicadeza de cada una de sus piezas. Una creación única y refinada, que sin duda no olvidaría de habérsela visto a Alex. A punto de devolver el Greubel Forsey al inspector, vi cómo en la pulsera se podían observar unos números escritos a boli y una llave dibujada. Recordé las palabras de a Alex y llave que encontré en cuarto de baño, que todavía tenía en el bolsillo de mi pantalón.

— Sí, es de Alex, — mentí yo,  — fue un regalo de su padre. — ¿Le importa si me lo llevo? Es muy importante para él.

— Sí, claro.

— Inspector, estoy agotada, necesito descansar,  — dije yo con la esperanza de que me dejara ir para que pudiera empezar a deducir todo lo qué estaba detrás esto.

— Por supuesto, cualquier cosa le avisaremos. ¿Quiere que uno de nuestros hombres le acompañe?

— No, muchas gracias. ¿Le importa si antes hago una llamada? 

— Sin problema, puede utilizar el teléfono de mi despacho.

Marqué el número de Marta, quien al escuchar mi voz, no necesitó explicaciones. Le dije que le contaría todo una vez que nos veamos y tomé el camino rumbo al hotel donde se quedaba.

Sentada en el Uber observaba el reloj de lujo intentando entender qué significaban esos números escritos en él y qué abría aquella llave. Me urgía una cabeza despejada para guiarme, la de mi mejor amiga; los amigos son los guías que nos envía el Universo para que veamos todo aquello que no somos capaces de ver por nuestra cuenta. Acercándome a la puerta principal del hotel, guardé los dos preciados objetos que me podían llevar hasta Alex en el bolsillo oculto del bolso, y al hacerlo, me percaté de un pequeño papel que llevaba ahí desde el julio pasado; algo de lo que ya no me acordaba, pero que regresaba a mi igual que la última vez — cuando más lo necesitaba.

“…los amigos son los guías que nos envía el Universo para que veamos todo aquello que no somos capaces de ver por nuestra cuenta.”

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